Contrasonidos

Luis

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Cuando era un niño, sabía perfectamente que es lo que quería escuchar cuando íbamos en el coche. Yo quería las canciones que nos acompañaban mientras ocupábamos el asiento trasero camino a cualquier parte. Stairway To Heaven de Led Zeppelin, Wind of Change de Scorpions, Rann na Mona de Capercaillie, Breathless de The Corrs, Summer Of’69 de Bryan Adams o cualquiera cantada por Serrat. En su defecto, estaba abierto a escuchar canciones de la radio, siempre y cuando las conociese de antes. La familiaridad me suponía un elemento para disfrutar de una canción casi tan relevante como que esta me sonase bien. Por eso recuerdo cómo me sentí cuando Luis puso en el coche un disco que se había comprado recientemente. Era de una banda que yo no conocía ni había escuchado jamás nombrar en la televisión. No entendía por qué estábamos oyendo eso, teniendo a mano la música tan increíble que escuchábamos habitualmente. Hoy no se qué grupo era aquel, pero se que me acordé de esto la primera vez que fui a comprar discos en Madrid. Porque iba en busca de algo nuevo que tener en mi estantería. Porque pensé en cómo había cambiado todo y cómo este cambio me hace sentir cerca de mi padre.

 

Sí, hoy también quiero escribir sobre Luis. Pero sobre otro Luis. Este Luis fue quien me puso en contacto con la música desde la infancia. Fue, inintencionadamente, el primero que plantó en mí la semilla de lo que más adelante sería mi propio criterio musical; lo que a él le gustaba tenía que gustarme a mí, por definición. Ese es el poder de los padres sobre sus hijos en las primeras experiencias del consumo cultural. Sin embargo, siento que la principal enseñanza de mi padre en mi relación con la música es que uno, como consumidor, debe tener afinidad con el medio. La radio, los CD, los vinilos, las revistas, los libros… En mi opinión, si se quiere disfrutar completamente de la música, es recomendable combinar un poco de todos estos recursos.

 

Por supuesto, crecer en una época en la que el consumo digital no se había desarrollado todavía obligó a Luis a tener que familiarizarse con todos ellos. Cuando quería tener una cinta con una canción concreta, tenía que sintonizar la frecuencia correcta, esperar a que esta apareciese en el programa del día y grabar lo que sonaba en la emisora. Esto provocó, irremediablemente, un idilio entre la radio y mi padre que todavía perdura. Gracias a ello, la radio ha puesto banda sonora a mi vida durante gran parte de esta. Todo porque Luis ha confiado a los conductores de varios programas de Radio 3 y Radio Clásica la selección de música que él iba a escuchar. Como niño, como comenté antes, siempre preferí los discos a la radio. Pero conforme maduré, empecé a apreciarla. Encontré cadenas que me ofrecían música que me gustaba fuera de la música mainstream y que me permitían evolucionar como melómano. Ahora, por un camino totalmente diferente al de mi padre, escucho habitualmente programas que me acompañan cuando quiero dejar un rato de lado la música de mis playlists de Spotify.

 

Aunque la influencia de Luis en mi forma de relacionarme con la música no acaba ahí. Gracias a él descubrí lo que era Rockdelux, la que es mi revista musical de cabecera y a la que llevo suscrito más de 2 años. Gracias a ver cómo él y mi madre se ponían tan contentos al hablar de sus vinilos o al ponerlos en el tocadiscos, me enamoré de su estética y empecé a querer comprarme los míos propios. Y si no fuera por mis padres, que siempre nos han animado a leer sobre lo que nos interesara, quizás no hubiera empezado mi colección de libros musicales, que comprenden desde relatos periodísticos hasta biografías y ensayos sobre la industria.

 

Ya dije anteriormente que, durante estos cuatro textos contiguos, hablaría de cómo estas personas habían moldeado mi amor por la música. He querido utilizar sus nombres de pila porque creo que, por mucho que sean mi familia, son individuos con perfiles diversos y con una experiencia musical propia que me han influenciado colectivamente. Estos últimos capítulos son una carta abierta de reconocimiento a esa influencia. Por eso diría que All of Me de The Piano Guys es muy adecuada para encabezar este texto. Esta pieza compuesta por Jon Schmidt, aunque carece de letra, me transmite una pasión tan fuerte que soy capaz de escucharla más de tres o cuatro veces seguidas. Es como aquellas canciones que me gustaba escuchar en el coche, que no quería que parasen de sonar. Esa lista de canciones ha crecido al mismo tiempo que yo. Y eso no hubiera sido posible sin la inestimable compañía de Luis, Andrés, Magda y Luis. Ahora, la cantidad de personas que me ha influido musicalmente no se reduce solo a mi familia. Y toca hablar de ellos.

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